15.4.14

Un mal paseo

Sentirte fatal. Salir a dar un paseo con la perra por el barrio. Llegar a la plaza del Dos de Mayo. Que ésta se acerque a un tipo como de 30 años sentado en un banco comiéndose un bocadillo. Llamarla para que no moleste, y acercarte para agarrarla porque no te hace ni caso. Que el tipo se dé la vuelta, agarre una barra metálica que tiene a los pies y, con cara de loco, te diga: "te voy a dar. Te voy a pegar a ti". Que te lo repita varias veces hasta que consigues llevarte a la perra. Volver a casa temblando. 

5.4.14

Charlotte Despard



Charlotte Despard speaking at an anti-fascist rally in Trafalgar Square, London. June, 1933 

18.3.14

Kubrick // One point perspective

Kubrick // One-Point Perspective from kogonada on Vimeo.

Vivir sintiéndote culpable

La primera relación larga que tuve en mi vida, fue con un maltratador psicológico, pero entonces yo no sabía lo que eso era. Tenía 19 años, estaba empezando la carrera, y después pasé mucho tiempo sin saber ponerle nombre, pensando en que, sencillamente, me ligué al que no era. No sabía que eso tenía un nombre porque tantas mujeres lo sufrieran, y tampoco sabía que te pudiera dejar tantas secuelas.

Aquel individuo, que hoy día sale en la tele a diario repartiendo pseudonoticias – pero ese es otro tema-, consiguió convencerme de que yo, aunque fuera de manera inconsciente, me quería acostar con todos y lanzaba señales a diestro y siniestro. Según él, provocaba a todos los camareros, profesores, el bedel, compañeros de clase, el portero, sus hermanos, su padre, mis primos… ni los peatones de un paso de cebra se libraban. El problema es que me convenció de ello. Que se dice pronto. Pero aquel energúmeno consiguió que una tipa que a los 20 años tenía arrugas en la cara de tanto reírse, se moviera encorvada, caminara por la calle mirando al suelo incluso cuando iba sola, y en los restaurantes buscara sentarse mirando hacia la pared. O lo que es peor, aprendí a vivir sintiéndome culpable.

Había cambiado mi forma de vestir, de sentarme, de moverme. Sus broncas seguían siendo descomunales. Recuerdo una ocasión en la que yo estaba en una fiesta en casa de una de mis amigas, seríamos unas 7 chicas, y yo estaba muy contenta porque iba a venir a recogerme. Nada más llegar y saludar a todo el mundo, me susurró al oído: “¿por qué tienes que ser siempre la más fea?” Estaba en mi terreno, era la casa de mi amiga y si le hubiera hecho frente, nos lo habríamos comido entre todas. ¿Cómo pude permitir aquello? No lo sé. Pero así era siempre. Me quedé callada y me volví a acostar con él aquella noche, como otra cualquiera. Supongo que hacía mucho tiempo ya de todo, él había ganado la guerra nada más empezarla, yo entonces ya sólo era su prisionera.

A mi siguiente novio lo dejé porque como no me montaba unas broncas increíbles a base de ataques de celos, pensaba que no me quería lo suficiente. Por supuesto, nunca se lo dije.

Unos diez años después, aquel energúmeno había tenido un hijo con una compañera de trabajo. La única vez que hablé con ella sobre él, se acaban de separar. Estábamos en un bar rodeadas de gente. Una de las dos, no recuerdo quién, pronunció la frase: “es un maltratador psicológico”. Los demás se rieron. Nosotras no. 

Tuve que pasar por un proceso de rehabilitación bastante largo y bastante doloroso, al que me sometí yo misma en la más absoluta soledad, y sin saber cómo se hacía. Tocaba aprender a quererse por necesidad. A cuidarse, a protegerse. A caminar recta y sonreír con la cabeza alta. Porque tenía que ser yo la única con capacidad para medirme. Y en eso estamos todavía.

10.3.14

9 teatros abandonados

Chicago
URSS 
Brooklyn

Connecticut
Filadelfia
Massachusetts
New Jersey
Ucrania
Alemania


18.2.14

El día en que mi madre perdió la paciencia

Recuerdo aquella mañana en la que yo estaba en la cocina y apareció ella con mi padre detrás, para decirme que no se encontraba bien, que se iban al hospital porque le había salido un bulto en el cuello. Yo se lo miré, no noté nada raro, y esa noche me fui de marcha con mis amigos. Después tuve remordimientos de conciencia por haberlo hecho.

Recuerdo que se establecieron unos turnos de hospital. Recuerdo que yo me pasaba las horas que me tocaban sentada en la ventana observando las montañas de la sierra porque no sabía de qué hablar con ella y ella no parecía tener ganas de hacerlo conmigo.

Pasaron los días, también los meses, y aquel silencio pasó a ser sustituido por contestaciones ariscas que lo que me transmitían era que ella no me quería ver allí. Le costaba que la viera enferma. Le dolía. Su mirada al verme entrar por la puerta de aquella habitación se convirtió en algo muy duro de soportar. Así que me acostumbré a no mirarle a la cara, a entrar saludando con una sonrisa, siempre con la vista hacia el horizonte, hacia aquellas montañas. Pero aquello no cambiaba en absoluto tanto dolor.

En esa época fue cuando empecé a preocuparme de verdad. Antes me había pasado las noches de juerga con mis amigos por no querer mirar. Después tuve remordimientos de conciencia por haberlo hecho.

Yo sabía que tanto mi padre, como ella, como mis hermanos, trataban de protegerme escondiéndome cualquier información, y yo tampoco tenía agallas suficientes para preguntar. Pero el hospital ya se había convertido en parte de nuestra rutina, de nuestra vida, y nunca escuchaba a nadie de la familia un mínimo comentario del que intuir que aquello fuese a cambiar.

A veces, con la excusa de salir a fumar, bajaba en busca de mi coche, me encerraba en él, y lloraba desconsoladamente. Se me debía notar mucho porque en seguida ella empezó a dejarme fumar en la habitación, asomada a la ventana, echando el humo hacia afuera. Entonces lloraba desconsoladamente en el coche cuando se terminaba mi turno. A veces tanto, que se me hinchaban los ojos y tenía que esperarme una hora para poder ser capaz de conducir. Entonces conducía sin rumbo durante un par de horas, o hasta que se me dejara de notar que hubiera estado llorando. Porque en casa estaba mi padre y tampoco quería que él me viera.

Mi padre por aquel entonces se convirtió en una sombra. Caminaba encorvado, y se centraba en hacer recados, todos relacionados con alguna posible mejora en la comodidad de mi madre. Le compraba almohadas, revistas, camisones, zapatillas y libros, muchos libros... y ella siempre estaba enfadada porque no podía leer.

Una de mis tías vino a Madrid a verla y le cortó el pelo porque ya se le empezaba a caer. Creo que a partir de ese día todos la odiamos un poco.

Le compraron unos gorritos de lana y la pobre estaba rarísima, pero a ella le gustaba. No quería llevar peluca. Estaba ya tan delgada, se la veía tan pequeñita... Recuerdo sus piernecitas asomando por el camisón, colgando como las de una niña pequeña cuando se sentaba en la cama.

Entonces comenzó a darme órdenes: "tráeme tu libro de Literatura española, que se me están olvidando las cosas." Mi hermano Luis comenzó a leerle durante su turno un libro de Luis Landero en voz alta, y yo me sentía celosa en silencio porque conmigo no era capaz de compartir nada así.

Entonces sus órdenes cambiaron: "Tienes que dejar de fumar". "Estudia, trabaja, sé una mujer culta, completa, independiente. Jamás dependas de un hombre. Y escribe, escribe. Sé que llegarás a publicar". Yo le contestaba que sí a todo sin darle mucha importancia, hasta el día en que me dijo: "Cuida de tu padre. Tienes que conseguir que no coma cosas fuertes, que se cuide el estómago, que lo tiene delicado...". Antes de que terminará aquella frase, recuerdo que me tuve que salir al pasillo a respirar. Me estaba ahogando. Porque mi madre se estaba despidiendo.

Comenzaron a darle "permisos". La dejaban quedarse en casa algunos días seguidos. Entonces se pasaba las horas sentada en el sofá del salón. Nunca estaba de buen humor. Nos hizo quitar algunos cuadros porque le parecían macabros o tenebrosos, y la verdad es que alguno lo era. Un día me pidió que la llevara en coche al Parque del Oeste, y nada más llegar y salir del coche me dijo que la llevara de nuevo a casa. Me sentí fatal, me acababa de sacar el carnet, y me sentía útil haciéndole de conductora. Me hizo mucha ilusión que le apeteciera pasar tiempo conmigo en el parque, Luis le leía libros en voz alta y yo la llevaba de paseo. Pero no, aquello no funcionó tampoco.

La comida le daba asco, también ciertos olores. Parecía como si se hubiera sensibilizado contra todo y todo le sentara mal.

Después volvió al hospital y poco a poco fue empeorando. El día que la cambiaron de planta y tuve que entrar con una especie de bata azul, el pelo recogido en un gorro y los pies en una especie de pantuflas, todas del mismo color, ese día la mirada que me lanzó a verme entrar desde la cama fue como si me hubiera disparado un dardo directo al corazón. Aquel día me morí un poco. Y a partir de entonces las visitas se hicieron cada vez más duras.

Aquel era un hospital militar. Estaba lleno de soldados, y dos veces al día pasaba una monja a visitar cada habitación. Recuerdo que, para mi sorpresa, se llevaba bien con ella. Porque mi madre había llegado a ese punto en el que le decía a cada uno lo que se le pasaba por la cabeza. Y casi siempre eran verdades difíciles de manejar. Parecía una niña grande. De hecho, al cura del hospital sí le tuvimos que prohibir entrar. Hubiera sido capaz de lanzarle un vaso a la cabeza al verle asomar por la puerta.

La enfermedad le agrió el carácter. Mi madre había perdido la paciencia.

Una mañana sonó el teléfono de casa. Contestó mi hermano y con solo una mirada supe que había llegado el momento. Que nos íbamos al hospital. Cogí el coche, a mitad de camino una mujer me dio un golpe con el suyo por detrás, pero ni paré. Recuerdo que iba por la M30 a una velocidad muy superior a la permitida y mi hermano se tenía que agarrar en las curvas para no caerse encima de mí.

Entramos en el hospital a toda prisa. Subimos en el ascensor, y allí estaba mi padre, absolutamente desencajado. Quise entrar en la habitación, pero mi padre me lo trató de impedir. Le solté el brazo, entré, y me dijo mi tía, sentada junto a ella, que me saliera, que mejor no recordase así a mi madre. Le dije que saliera.

Mi madre estaba delirando. Me senté a su lado. Le agarré la mano. Se la comí a besos. Susurraba cosas, se movía, le daban como pequeños espasmos de vez en cuando. No fui capaz de decirle lo que le quería decir hasta que supe que ella no me entendía. "Mamá, no te mueras. Por favor, mamá. Mamá. No te mueras". Recuerdo que al escuchar mi propia voz, me di cuenta de que aquella sería la última vez en mi vida que pronunciaría la palabra "mamá".

No le vi entrar, pero mi tío se había sentado silenciosamente a mi lado. Me incorporé, la besé por toda la cara, la abracé. Sentí su cuerpo caliente. Su olor. Ese olor que nunca volvería a sentir. "Mamá, por favor, no te mueras". "Te quiero con locura". Entonces, con un movimiento brusco se destapó del todo. Estaba desnuda. Mi tío se levantó. Nos miramos y me dijo en voz baja: "Ya está. Se ha terminado.". Fue como si al terminar con el pudor, hubiera dicho: "hasta aquí hemos llegado".

A los pocos minutos, mi madre había dejado de existir.

Tobacco Road. Ovens Valley, Victoria, Australia. 1956. Photographer - Jeff Carter



¿Qué pasaría si la Barbie fuera de carne y hueso?

Body Image PSA from Vianca Lugo on Vimeo.

9.2.14

tiempo

Me está entrando prisa. O más bien, miedo a ver cómo se me está escapando el tiempo entre los dedos. Mañana miraré a ese miedo a los ojos y lo espantaré de un guantazo. Mientras tanto, seguiré planeando hacer todo aquello en lo que pienso cada día y después nunca llevo a cabo.

26.1.14

David Lynch's Public Service Announcement

City of Necessity, 1961

Chicago's neighbourhoods in 1961.


City of Necessity National Archives and Records Administration - ARC 38445, LI 207.334 - DVD Copied by J. Williams. Series: Motion Pictures and Videotapes Documenting the Activities of the Department of Housing and Urban Development and Related Issues, compiled ca. 1950 - ca. 1979