6.7.14

Miedo

Miedo a perder. Miedo a perder un poco más. Miedo a no saber qué hacer. Miedo a saber qué hacer y no poder. O no querer. Y volver a perder. Miedo a recordar solo lo malo. Miedo a caer. Y a recaer. Miedo.

Miedo a olvidarme aún más de mí. Miedo a no saber escapar de mí. Miedo a arruinarme la vida.

Miedo a no saber sujetarme. Miedo a no ser capaz de construirme. Miedo a no ser.

Miedo a los insectos, a no salir adelante, a las calles oscuras, al silencio.

Miedo a enfrentarme al miedo y morirme de miedo.

Miedo al miedo.

4.7.14

Louise Michel, escritora, anarquista y luchadora clave en la Comuna de París

Louise Michel nace el 29 de mayo de 1830 en Vroncourt-la-Côte, en el departamento de Haute-Marne (Francia), y muere el 9 de enero de 1905 en Marsella (Francia). Destacada anarquista revolucionaria francesa, participó en el levantamiento revolucionario de la Comuna de París de 1871, a causa de lo cual fue deportada a Nueva Caledonia. Allí se interesó vivamente por los nativos canacos. Amnistiada, regresó a Francia en 1880, dedicándose a propagar el ideario anarquista por todo el país y por algunos estados europeos, a través de conferencias y escritos que suscitaban gran expectación. Además fue también escritora, poetisa y maestra, y la primera en enarbolar la bandera negra, que bajo su impulso se convertirá en el símbolo del movimiento anarquista.



Revolucionaria francesa, institutriz de profesión, participó en el levantamiento revolucionario de la Comuna de París de 1871, a causa de lo cual fue deportada a Nueva Caledonia. Allí se interesó vivamente por los nativos canacos. Amnistiada, regresó a Francia en 1880, dedicándose a propagar el ideario anarquista por todo el país y por algunas naciones europeas, mediante conferencias y escritos que suscitaban gran expectación.

Era hija natural de Etienne-Charles Demahis, propietario del castillo de Vroncourt, y de una de sus sirvientas, Marianne Michel. Se crió en el propio castillo, considerada por la esposa de Demahis como su propia nieta. Allí recibió una educación volteriana y republicana, aficionándose pronto al piano y a la lectura. Llegó a conocer personalmente a Víctor Hugo, con el que mantendría una gran amistad en lo sucesivo.

En 1845 murió su padre, y en 1850 tuvo que abandonar Vroncourt, expulsada por sus hermanastros, que además le prohibieron expresamente utilizar el apellido Demahis. Marchó a Chaumont para obtener un diploma de institutriz, oficio que comenzó a desempeñar en 1853, en Audeloncourt. Aunque como institutriz comunal no tenía que realizar el juramento a Napoleón III, fue denunciada varias veces por republicana.

En 1856 comenzó a trabajar como maestra en una institución parisina, asistiendo además a cursos de todo tipo organizados por sociedades republicanas. Al mismo tiempo escribía versos y artículos, que enviaba a Víctor Hugo y a periódicos como La Jeune France (La joven Francia), y participaba en reuniones de debate. Aunque no adscrita a corriente ideológica alguna, se relacionó con personas vinculadas al pensamiento revolucionario, sobre todo con Théophile Ferré y su hermana Marie, y otros como Amilcare Cipriani, Henri Rochefort y Jules Vallès.

En 1870, tras la derrota de Napoleón III en Sedán ante los prusianos, y una vez proclamada la Tercera República Francesa el 4 de septiembre, grupos de revolucionarios, entre los que se encontraba Louise Michel, trataron de obtener armas en el Ayuntamiento de París para liberar Estrasburgo de las tropas prusianas; fue la primera vez que Louise Michel ingresó en prisión. Luego presidió el Club de la Justice de Paix de Montmartre, una de las demarcaciones de vigilancia creadas por el Consejo Federal de la Internacional. Obtenidas por fin las armas, se proclamó la Comuna de París en marzo de 1871 y participó en la subsiguiente lucha de barricadas, ocupándose además de una ambulancia y de cuestiones de educación.



Consiguió liberar a su madre, que había sido capturada para ser fusilada como castigo contra Michel. El 16 de diciembre de 1871 compareció en Versalles ante un consejo de guerra que la condenó a deportación perpetua. Tras permanecer más de año y medio en la prisión de Auberive (Marne), fue enviada a Noumea, en Nueva Caledonia (colonia francesa del Océano Pacífico), donde llegó a finales de 1873, tras cuatro meses de viaje. Durante el mismo se había adscrito al anarquismo.

Una vez allí, su pasión científica le llevó a estudiar la exótica vegetación y fauna del lugar; además improvisó una escuela para los hijos de otros deportados. Conoció a un nativo canaco, del que aprendió la lengua y cultura, y visitó varias tribus canacas; llegó a ser muy apreciada por los nativos, a los que enseñó diversos conocimientos. Al contrario que la mayoría de los deportados, Michel se mostró partidaria de la revuelta canaca de 1878, pues la consideró una lucha de liberación; por el mismo motivo también, tuvo también en gran estima a los deportados argelinos.

En julio de 1880 fue amnistiada junto con otros revolucionarios; regresó a Francia, con la idea inicial de volver a crear una escuela para los canacos. El 9 de noviembre entró en París después de casi diez años de ausencia. Se dedicó entonces a pronunciar conferencias en clubes revolucionarios por todo el país, alentando del espíritu de la Comuna, siendo recibida siempre por una importante asistencia de público, y estudió las teorías económicas anarquistas de Piotr Kropotkin.

En 1883, después de tomar parte en una manifestación contra el paro, fue de nuevo detenida y condenada a seis años de prisión por saqueo, aunque fue indultada en enero de 1886. Antes, el 5 de enero de 1885, había fallecido su madre, pero no le fue permitido asistir al entierro. Al poco murió también su amigo, el escritor Víctor Hugo.

Retomó de nuevo su actividad propagandística, volvió cuatro meses a la cárcel a mediados de año, y en enero de 1887 fue ligeramente herida de bala, mientras hablaba en Le Havre (sufrió varios atentados durante su vida). En 1890 participó en una revuelta anarquista en Vienne y fue detenida una vez más; liberada luego, quisieron declararla loca para encerrarla en un internado.

Se refugió en Londres, como habían hecho antes otros revolucionarios, y trató de cerca a muchos de ellos, como Enrico Malatesta y Léon Blum. Dio también conferencias, ahora para el público inglés. Se ocupó también de recoger fondos para los proyectos y obras anarquistas, y de enseñar en una escuela a los hijos de los exiliados. En 1895 regresó a París, requerida su ayuda por Sébastien Faure para la edición del periódico Libertaire (Libertario). Hasta su muerte, publicó artículos y siguió realizando giras por distintas ciudades francesas y algunos estados europeos (Holanda, Bélgica, Suiza y Escocia), luchando para evitar la disgregación del anarquismo que a principios del siglo XX estaba produciéndose.

En marzo de 1904 fue afectada por una neumonía en Toulon, de la que se consiguió recuperar. Sin embargo, a principios del año siguiente, regresando de una gira por Argelia, contrajo una nueva infección en la villa alpina de Oraison y falleció tras ser llevada a Marsella. Su cuerpo fue trasladado a París para ser enterrado en el cementerio de Levallois-Perret junto a su madre y los hermanos Ferré. Millares de personas acompañaron la procesión fúnebre, y otros muchos fueron testigos de su paso; oradores anarquistas alabaron la talla moral de Louise Michel, y durante una decena de años su tumba fue escenario de homenajes en su honor.

Utilizó el pseudónimo de Clémence, y fue también conocida como Vierge Rouge ('Virgen roja') y Bonne Louise ('La buena Louise'); hoy llevan su nombre instituciones educativas y culturales. Escribió varias obras de poesía, teatro, narración y opinión política y numerosos artículos periodísticos; del conjunto de su producción cabe destacar sus Memorias (1886), El nuevo mundo (1888) y La Comuna (1898).

Si te ha interesado este artículo, te recomiendo leer el dedicado a la escritora irlandesa Maeve Brennan.

9.6.14

Escandalizada

Últimamente me paso los días escandalizada por todo lo que no ocurre.

3.5.14

Maeve Brennan, la escritora que vivió en los lavabos de la revista New Yorker





“He dejado de vivir en el campo y me sentía muy ilusionada de pensar que volvía a vivir en la ciudad”. Así comenzaba una columna publicada en la revista New Yorker el 18 de junio de 1960, firmada por la misteriosa The Long-Winded Lady (La dama interminable). La autora acaba de regresar a Manhattan y se hospeda en un pequeño hotel en Washington Square mientras busca apartamento. Al mirar por la ventana del cuarto de baño, descubre que “los inquilinos de enfrente se dejan las luces encendidas por la noche, con lo que se puede ver con facilidad lo que ocurre en el interior”. La mayoría de los personajes que pueblan sus relatos son anónimos, gente que no sabe que la están observando, y ni se imagina que alguien esté escribiendo sobre ellos.

En esa columna, The Long-Winded Lady se va a cenar a la calle West Eighth, y de camino para en una librería donde se compra un libro de Benedict Kiely y otro de Patricia Highsmith. Durante la cena observa a un grupo de gente mirando por la venta del Village Smoke Shop, frente al restaurante. Un camarero corre a ver qué ha ocurrido y al regresar le cuenta que “hay una mujer tumbada en el suelo”. Por lo visto ha muerto de forma repentina. La columnista cuenta cómo su helado de café llega al mismo tiempo que la ambulancia. Más tarde, por la noche, piensa en que “ojalá esa mujer muerta no tenga a nadie que se quede en este mundo sufriendo durante años por su muerte repentina”. Justo antes de quedarse dormida, se “sobresalta por el sonido de un fuerte derrape seguido de risas – una fiesta callejera, ocho pisos más abajo. De pronto me queda pensando en lo raro que es escuchar este tipo de sonidos en el campo.” Así termina el texto que, como es habitual en ella, pasea de lo rural a lo urbano, de lo hipotético a lo inmediato, y de la muerte a la fiesta. Pero, ¿quién es ella? Sus columnas repletas de excéntricas observaciones aparecen en la revista entre 1954 y 1968, y no será hasta el año siguiente, cuando la revista New Yorker revele su nombre.


Curiosamente, la escritora de estas crónicas sobre la vida en la ciudad no es en absoluto una neoyorquina. Maeve Brennan nació el 6 de enero de 1917 en una casa cercana a la calle Eccles en Dublín, muy cerca de donde vivió el Leopold Bloom de James Joyce. Brennan regresará a aquella casa con frecuencia en sus escritos. Sus padres, Una y Robert Brennan, pertenecen al Partido Republicano, son nacionalistas, están involucrados en la política irlandesa y en la lucha por la cultura a principios del siglo 20. De hecho, Robert Brennan participó activamente en el Easter Rising, una rebelión que tuvo lugar en Irlanda contra la autoridad del Reino Unido, el lunes de Pascual de 1916. La rebelión constituyó el más conocido intento de tomar el control del país por parte de los republicanos para lograr la independencia del Reino Unido. Tras 6 días de enfrentamiento, la rebelión terminó, pero se la considera un éxito debido a que consiguió elevar a un primer plano la cuestión de la independencia de Irlanda.
Robert Brennan es condenado a muerte por ello, y aunque después le fue conmutada la pena por la de trabajos forzados, su actividad política le lleva a sufrir varios encarcelamientos en 1917 y 1920.
Maeve nace cuando él está en prisión, y la actividad de su padre, que también fue fundador y director del The Irish Press, le afecta en tal medida que, en su relato The Day We Got Our Own Back cuenta cómo recuerda el día en que estaba en casa y las fuerzas del Free State irrumpieron y la registraron en busca de alguna pista de su padre, que estaba huido.
En 1934, con 17 años, Maeve se traslada con su familia a los Estados Unidos, donde a Robert le han destinado a Washington D.C. En 1938 se gradúa en Filología Inglesa por la American University, y aunque sus padres se vuelven a Irlanda, ella se queda con una hermana en los Estados Unidos. Entonces se traslada a Nueva York, donde encuentra trabajo como redactora de moda en Harper’s Bazaar en los 40. También escribe una columna sobre Manhattan en la revista de sociedad dublinesa Social and Personal, y algunos relatos cortos para The New Yorker, hasta que en 1949, William Shawn, el editor jefe, le ofrece un trabajo fijo en la revista.

En 1950 The New Yorker comienza a publicar sus relatos cortos. Durante esta década y la siguiente, es una autora muy leída en los Estados Unidos, y casi una desconocida en Irlanda, país en el que se sitúan casi todas sus historias. Brennan publica también crítica literaria, artículos sobre moda, y ensayos sobre los Estados Unidos e Irlanda.
Se trata de una mujer pequeña, casi siempre vestida de negro, con largos trajes y gafas oscuras. Con gustos excéntricos, y que nunca vive en el mismo lugar durante mucho tiempo. Viaja a Irlanda con regularidad, pero rechaza su sociedad conservadora y extremadamente religiosa. 
Tras su primer matrimonio con el director y crítico teatral Walter Keer, se casa en 1954 con St. Clair McKelway, el editor jefe de The New Yorker, un alcohólico, mujeriego y maníaco depresivo del que se divorcia cinco años después.
A lo largo de la década de los 60, Brennan escribe de forma muy productiva, y es entonces cuando comienzan a aparecer las primeras señales de su enfermedad mental. Su aspecto anteriormente elegante e impoluto ahora es el de una mujer poco aseada. Se va abandonando. Sus excentricidades se exageran hasta resultar incómodas, y se convierte en una mujer obsesiva.

A Brennan le gusta deambular en sus narraciones por las zonas más oscuras y sórdidas de la ciudad, y vagabundear por hoteles baratos habitados por personajes solitarios.
En los años ochenta comienza a sufrir episodios psicóticos que le obligan a abandonar poco a poco la escritura. Es hospitalizada numerosas veces. Ya no tiene nada. Ni casa, ni ropa, es una mujer desahuciada. En los 70 Maeve Brennan sufre paranoias y alcoholismo. Los responsables de la revista New Yorker, cuando comprueban el estado físico y mental en el que se encuentra, ponen a su disposición un alojamiento en la ciudad que ella se niega siempre a aceptar. Cuando no está internada en algún hospital, o vagabundeando entre los mendigos de las calles de Nueva York, el único lugar en el que deseaba vivir es en el lavabo de mujeres de las oficinas de la revista New Yorker, donde, ironías del destino, el primer relato que había publicado, The holy terror, narra la vida de Mary Ramsay, encargada durante 30 años del lavabo de señoras del hotel Royal de Dublín.
La última vez que la ven aparecer por la revista es en 1981. Durante esa década desaparece y su trabajo es olvidado.
William Maxwell, el prestigioso editor de ficción de la revista New Yorker y gran amigo de Maeve, que por cierto tiene una novela absolutamente maravillosa titulada “Vinieron como golondrinas” en la editorial Libros del Asteroide, publicó en 1997 una recopilación de los textos sobre Dublín de Maeve Brennan, titulada “The Springs of Affection”. Desde entonces, tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña e Irlanda, se vive una especie de revival continuo de su obra, que se reedita cada varios años. Su novela “The Visitor”, escrita cuando tenía 32 años, se publica por primera vez en el año 2000.
La autora escribió artículos y relatos llenos de ironía, cinismo y ciertas dosis de crueldad.
Su única novela, “The Visitor”, traducida en España como “De visita”, es encontrada después de su muerte entre los manuscritos que guardaba. Publicada por primera vez en 2000, narra con una enorme carga de ironía, cinismo y ciertas dosis de crueldad, el regreso de una joven, Anastasia King, a su Dublín natal tras pasar varios años exiliada en París, ciudad a la que se había trasladado junto a su madre cuando ésta decidió abandonar a su padre.
Maeve Brennan no tenía la costumbre de hablar con nadie de sus proyectos literarios y tampoco conservaba su correspondencia. “The Visitor” narra con precisión exquisita la vida de una joven y sus recuerdos. En ella escribe con lucidez para referirse al lugar en el que uno habita: "El hogar es un lugar en la mente. Cuando está vacío, vibra. Vibra con los recuerdos, rostros, lugares y épocas pasadas".
Maeve Brennan muere de un ataque al corazón en una residencia en Arverne el 1 de noviembre de 1993 a los 76 años. Está enterrada en Queens, Nueva York. A mí “The Visitor” me gustó tanto, que mi perra se llama como ella. 

15.4.14

Un mal paseo

Sentirte fatal. Salir a dar un paseo con la perra por el barrio. Llegar a la plaza del Dos de Mayo. Que ésta se acerque a un tipo como de 30 años sentado en un banco comiéndose un bocadillo. Llamarla para que no moleste, y acercarte para agarrarla porque no te hace ni caso. Que el tipo se dé la vuelta, agarre una barra metálica que tiene a los pies y, con cara de loco, te diga: "te voy a dar. Te voy a pegar a ti". Que te lo repita varias veces hasta que consigues llevarte a la perra. Volver a casa temblando. 

5.4.14

Charlotte Despard



Charlotte Despard speaking at an anti-fascist rally in Trafalgar Square, London. June, 1933 

18.3.14

Kubrick // One point perspective

Kubrick // One-Point Perspective from kogonada on Vimeo.

Vivir sintiéndote culpable

La primera relación larga que tuve en mi vida, fue con un maltratador psicológico, pero entonces yo no sabía lo que eso era. Tenía 19 años, estaba empezando la carrera, y después pasé mucho tiempo sin saber ponerle nombre, pensando en que, sencillamente, me ligué al que no era. No sabía que eso tenía un nombre porque tantas mujeres lo sufrieran, y tampoco sabía que te pudiera dejar tantas secuelas.

Aquel individuo, que hoy día sale en la tele a diario repartiendo pseudonoticias – pero ese es otro tema-, consiguió convencerme de que yo, aunque fuera de manera inconsciente, me quería acostar con todos y lanzaba señales a diestro y siniestro. Según él, provocaba a todos los camareros, profesores, el bedel, compañeros de clase, el portero, sus hermanos, su padre, mis primos… ni los peatones de un paso de cebra se libraban. El problema es que me convenció de ello. Que se dice pronto. Pero aquel energúmeno consiguió que una tipa que a los 20 años tenía arrugas en la cara de tanto reírse, se moviera encorvada, caminara por la calle mirando al suelo incluso cuando iba sola, y en los restaurantes buscara sentarse mirando hacia la pared. O lo que es peor, aprendí a vivir sintiéndome culpable.

Había cambiado mi forma de vestir, de sentarme, de moverme. Sus broncas seguían siendo descomunales. Recuerdo una ocasión en la que yo estaba en una fiesta en casa de una de mis amigas, seríamos unas 7 chicas, y yo estaba muy contenta porque iba a venir a recogerme. Nada más llegar y saludar a todo el mundo, me susurró al oído: “¿por qué tienes que ser siempre la más fea?” Estaba en mi terreno, era la casa de mi amiga y si le hubiera hecho frente, nos lo habríamos comido entre todas. ¿Cómo pude permitir aquello? No lo sé. Pero así era siempre. Me quedé callada y me volví a acostar con él aquella noche, como otra cualquiera. Supongo que hacía mucho tiempo ya de todo, él había ganado la guerra nada más empezarla, yo entonces ya sólo era su prisionera.

A mi siguiente novio lo dejé porque como no me montaba unas broncas increíbles a base de ataques de celos, pensaba que no me quería lo suficiente. Por supuesto, nunca se lo dije.

Unos diez años después, aquel energúmeno había tenido un hijo con una compañera de trabajo. La única vez que hablé con ella sobre él, se acaban de separar. Estábamos en un bar rodeadas de gente. Una de las dos, no recuerdo quién, pronunció la frase: “es un maltratador psicológico”. Los demás se rieron. Nosotras no. 

Tuve que pasar por un proceso de rehabilitación bastante largo y bastante doloroso, al que me sometí yo misma en la más absoluta soledad, y sin saber cómo se hacía. Tocaba aprender a quererse por necesidad. A cuidarse, a protegerse. A caminar recta y sonreír con la cabeza alta. Porque tenía que ser yo la única con capacidad para medirme. Y en eso estamos todavía.

10.3.14

9 teatros abandonados

Chicago
URSS 
Brooklyn

Connecticut
Filadelfia
Massachusetts
New Jersey
Ucrania
Alemania


18.2.14

El día en que mi madre perdió la paciencia

Recuerdo aquella mañana en la que yo estaba en la cocina y apareció ella con mi padre detrás, para decirme que no se encontraba bien, que se iban al hospital porque le había salido un bulto en el cuello. Yo se lo miré, no noté nada raro, y esa noche me fui de marcha con mis amigos. Después tuve remordimientos de conciencia por haberlo hecho.

Recuerdo que se establecieron unos turnos de hospital. Recuerdo que yo me pasaba las horas que me tocaban sentada en la ventana observando las montañas de la sierra porque no sabía de qué hablar con ella y ella no parecía tener ganas de hacerlo conmigo.

Pasaron los días, también los meses, y aquel silencio pasó a ser sustituido por contestaciones ariscas que lo que me transmitían era que ella no me quería ver allí. Le costaba que la viera enferma. Le dolía. Su mirada al verme entrar por la puerta de aquella habitación se convirtió en algo muy duro de soportar. Así que me acostumbré a no mirarle a la cara, a entrar saludando con una sonrisa, siempre con la vista hacia el horizonte, hacia aquellas montañas. Pero aquello no cambiaba en absoluto tanto dolor.

En esa época fue cuando empecé a preocuparme de verdad. Antes me había pasado las noches de juerga con mis amigos por no querer mirar. Después tuve remordimientos de conciencia por haberlo hecho.

Yo sabía que tanto mi padre, como ella, como mis hermanos, trataban de protegerme escondiéndome cualquier información, y yo tampoco tenía agallas suficientes para preguntar. Pero el hospital ya se había convertido en parte de nuestra rutina, de nuestra vida, y nunca escuchaba a nadie de la familia un mínimo comentario del que intuir que aquello fuese a cambiar.

A veces, con la excusa de salir a fumar, bajaba en busca de mi coche, me encerraba en él, y lloraba desconsoladamente. Se me debía notar mucho porque en seguida ella empezó a dejarme fumar en la habitación, asomada a la ventana, echando el humo hacia afuera. Entonces lloraba desconsoladamente en el coche cuando se terminaba mi turno. A veces tanto, que se me hinchaban los ojos y tenía que esperarme una hora para poder ser capaz de conducir. Entonces conducía sin rumbo durante un par de horas, o hasta que se me dejara de notar que hubiera estado llorando. Porque en casa estaba mi padre y tampoco quería que él me viera.

Mi padre por aquel entonces se convirtió en una sombra. Caminaba encorvado, y se centraba en hacer recados, todos relacionados con alguna posible mejora en la comodidad de mi madre. Le compraba almohadas, revistas, camisones, zapatillas y libros, muchos libros... y ella siempre estaba enfadada porque no podía leer.

Una de mis tías vino a Madrid a verla y le cortó el pelo porque ya se le empezaba a caer. Creo que a partir de ese día todos la odiamos un poco.

Le compraron unos gorritos de lana y la pobre estaba rarísima, pero a ella le gustaba. No quería llevar peluca. Estaba ya tan delgada, se la veía tan pequeñita... Recuerdo sus piernecitas asomando por el camisón, colgando como las de una niña pequeña cuando se sentaba en la cama.

Entonces comenzó a darme órdenes: "tráeme tu libro de Literatura española, que se me están olvidando las cosas." Mi hermano Luis comenzó a leerle durante su turno un libro de Luis Landero en voz alta, y yo me sentía celosa en silencio porque conmigo no era capaz de compartir nada así.

Entonces sus órdenes cambiaron: "Tienes que dejar de fumar". "Estudia, trabaja, sé una mujer culta, completa, independiente. Jamás dependas de un hombre. Y escribe, escribe. Sé que llegarás a publicar". Yo le contestaba que sí a todo sin darle mucha importancia, hasta el día en que me dijo: "Cuida de tu padre. Tienes que conseguir que no coma cosas fuertes, que se cuide el estómago, que lo tiene delicado...". Antes de que terminará aquella frase, recuerdo que me tuve que salir al pasillo a respirar. Me estaba ahogando. Porque mi madre se estaba despidiendo.

Comenzaron a darle "permisos". La dejaban quedarse en casa algunos días seguidos. Entonces se pasaba las horas sentada en el sofá del salón. Nunca estaba de buen humor. Nos hizo quitar algunos cuadros porque le parecían macabros o tenebrosos, y la verdad es que alguno lo era. Un día me pidió que la llevara en coche al Parque del Oeste, y nada más llegar y salir del coche me dijo que la llevara de nuevo a casa. Me sentí fatal, me acababa de sacar el carnet, y me sentía útil haciéndole de conductora. Me hizo mucha ilusión que le apeteciera pasar tiempo conmigo en el parque, Luis le leía libros en voz alta y yo la llevaba de paseo. Pero no, aquello no funcionó tampoco.

La comida le daba asco, también ciertos olores. Parecía como si se hubiera sensibilizado contra todo y todo le sentara mal.

Después volvió al hospital y poco a poco fue empeorando. El día que la cambiaron de planta y tuve que entrar con una especie de bata azul, el pelo recogido en un gorro y los pies en una especie de pantuflas, todas del mismo color, ese día la mirada que me lanzó a verme entrar desde la cama fue como si me hubiera disparado un dardo directo al corazón. Aquel día me morí un poco. Y a partir de entonces las visitas se hicieron cada vez más duras.

Aquel era un hospital militar. Estaba lleno de soldados, y dos veces al día pasaba una monja a visitar cada habitación. Recuerdo que, para mi sorpresa, se llevaba bien con ella. Porque mi madre había llegado a ese punto en el que le decía a cada uno lo que se le pasaba por la cabeza. Y casi siempre eran verdades difíciles de manejar. Parecía una niña grande. De hecho, al cura del hospital sí le tuvimos que prohibir entrar. Hubiera sido capaz de lanzarle un vaso a la cabeza al verle asomar por la puerta.

La enfermedad le agrió el carácter. Mi madre había perdido la paciencia.

Una mañana sonó el teléfono de casa. Contestó mi hermano y con solo una mirada supe que había llegado el momento. Que nos íbamos al hospital. Cogí el coche, a mitad de camino una mujer me dio un golpe con el suyo por detrás, pero ni paré. Recuerdo que iba por la M30 a una velocidad muy superior a la permitida y mi hermano se tenía que agarrar en las curvas para no caerse encima de mí.

Entramos en el hospital a toda prisa. Subimos en el ascensor, y allí estaba mi padre, absolutamente desencajado. Quise entrar en la habitación, pero mi padre me lo trató de impedir. Le solté el brazo, entré, y me dijo mi tía, sentada junto a ella, que me saliera, que mejor no recordase así a mi madre. Le dije que saliera.

Mi madre estaba delirando. Me senté a su lado. Le agarré la mano. Se la comí a besos. Susurraba cosas, se movía, le daban como pequeños espasmos de vez en cuando. No fui capaz de decirle lo que le quería decir hasta que supe que ella no me entendía. "Mamá, no te mueras. Por favor, mamá. Mamá. No te mueras". Recuerdo que al escuchar mi propia voz, me di cuenta de que aquella sería la última vez en mi vida que pronunciaría la palabra "mamá".

No le vi entrar, pero mi tío se había sentado silenciosamente a mi lado. Me incorporé, la besé por toda la cara, la abracé. Sentí su cuerpo caliente. Su olor. Ese olor que nunca volvería a sentir. "Mamá, por favor, no te mueras". "Te quiero con locura". Entonces, con un movimiento brusco se destapó del todo. Estaba desnuda. Mi tío se levantó. Nos miramos y me dijo en voz baja: "Ya está. Se ha terminado.". Fue como si al terminar con el pudor, hubiera dicho: "hasta aquí hemos llegado".

A los pocos minutos, mi madre había dejado de existir.

Tobacco Road. Ovens Valley, Victoria, Australia. 1956. Photographer - Jeff Carter



¿Qué pasaría si la Barbie fuera de carne y hueso?

Body Image PSA from Vianca Lugo on Vimeo.

9.2.14

tiempo

Me está entrando prisa. O más bien, miedo a ver cómo se me está escapando el tiempo entre los dedos. Mañana miraré a ese miedo a los ojos y lo espantaré de un guantazo. Mientras tanto, seguiré planeando hacer todo aquello en lo que pienso cada día y después nunca llevo a cabo.